No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa (José Ortega y Gasset)

Los humanos somos sociales. Desde los gregarios homínidos de hace 5 millones de años y hasta la actualidad, hemos vivido en comunidad, y nunca en todo este tiempo ha habido una sociedad tan próspera y libre como la que existió en la Europa Occidental durante las tres décadas posteriores a 1945. Los «treinta gloriosos», como los calificaba Fourastié.

Si miramos hacia atrás en la historia, Europa probablemente haya sido uno de los territorios más belígeros. Su cenit lo tuvo entre 1914 y 1945 con la —en singular, según Hobsbawn— Guerra Mundial, donde imperó la más horrible demencia. Afortunadamente, nuestros abuelos y abuelas aprendieron la lección y decidieron construir un mundo mejor.

Así, en 1944 se celebró la conferencia de Bretton Woods, donde bajo la influencia de Keynes se definió una política fiscal y económica orientada al crecimiento y al empleo con un comercio que respetara a los Estados. Para ello se crearon varias herramientas, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la piedra angular: el sistema patrón dólar, por el cual se vincularon las diversas monedas nacionales con el dólar USA y, este, con el patrón oro, de modo que se garantizaba la convertibilidad de las monedas en oro con un cambio más o menos estable pero ajustable (apreciación/depreciación), según fuesen los desequilibrios comerciales.             

Se pusieron así los cimientos para una economía planificada, mediante una fuerte inversión pública orientada al pleno empleo y con el compromiso de gobiernos, empresas y sindicatos para transformar una parte relevante de los beneficios en mejoras para la sociedad.

Conferencia de Bretton Woods

Sin embargo, cuando se creía haber alcanzado la sociedad con más calidad de la historia de la humanidad, alguien decidió que este bienestar se les había ido de las manos.

En 1971, el presidente Nixon suprimió la convertibilidad del dólar en oro, comenzó una tendencia hacia la liberalización financiera global e impuso la máxima de que los Estados debían minimizar su intervención en los mercados, ya que estos debían autorregularse.

A continuación, y con el paréntesis de Carter, que tal vez era considerado demasiado «blando», llegaron los grandes hacedores del neoliberalismo: Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1981) quienes construyeron las bases de la segunda globalización. Continuaron el trabajo varios miembros de la familia Bush, primero el padre (1989), después el hijo (2001) y más tarde la todopoderosa emperatriz Merkel (2005). El Tratado de Maastricht (1992), la implantación del Euro (2002) y otros tratados internacionales de libre comercio hicieron el resto. Por supuesto, sin olvidar la imprescindible colaboración de otros líderes políticos nacionales.

Si juntamos todos estos factores, tenemos un gran espacio supranacional (sin necesidad de cambio de moneda en UE), desregularización financiera, liberalización de los mercados, bajos costes de transporte y comunicaciones y libre circulación de mercancías y capitales garantizada. En este escenario, ¿qué podía salir mal?

Los Estados perdieron el control sobre sus fronteras económicas. Desde entonces, cualquier intento de implantar alguna medida fiscal o laboral se entiende como una agresión a los beneficios empresariales y tiene como respuesta una inmediata desinversión y traslado de la producción a territorios más propicios. En cambio, la disminución de la presión fiscal o la reducción de los derechos socio-laborales se consideran incentivos a la inversión.

En lo que a nuestro país respecta y como toda situación, por desesperada que parezca, es susceptible de empeorar, el 23 de agosto de 2011 nuestro legislativo aprobó el art. 135 (Ley de Estabilidad Presupuestaria) de la Constitución, que supuso de facto la ominosa entrega de la soberanía nacional.

©Antonio Fraguas, Forges

Y henos aquí, sintiéndonos afortunados si es que tenemos un empleo, con la incertidumbre de si tendremos o no jubilación y preocupados por lo que les espera a nuestros hijos. Todo ello, aderezado con cierto miedo a abrir la boca y convencidos de que las cosas son así porque «es lo que toca».

Todo esto parece un poco lejano visto desde una ciudad como nuestro Tres Cantos, que cuenta con una de las rentas medias más altas de España y con una «envidiable» tasa de paro que no supera el 6%. Sin embargo, debemos tener siempre presente el sabio refranero español cuando nos avisa de que «cuando las barbas de tu vecino veas afeitar, pon las tuyas a remojar».

Ahora que ya sabemos lo que nos pasa y que los tiempos mejores no son un mito sino que han sido una realidad, desde Podemos Tres Cantos proponemos eliminar esos oscuros pensamientos deterministas y dar un paso al frente para construir un futuro mejor. Aunque solo sea en honor de nuestros ancestros y en beneficio de nuestros descendientes.

Porque SÍ SE PUEDE, pensamos que un mundo mejor y un Tres cantos mejor son posibles.