Trece razones para seguir luchando

Sus nombres eran: Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García, Blanca Brisac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite, Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez de la Fuente. La mayoría tenía entre 18 y 23 años, menores de edad conforme a la legislación de la época, y solo una de ellas, Blanca, 29.

Fueron fusiladas en la mañana del 5 de agosto de 1939 contra uno de los muros del cementerio de La Almudena, que hoy ostenta unas placas en su memoria, y que fue profanado hace unas pocas semanas por unos vándalos que pintaron de negro las banderas republicanas que las recuerdan. No sido este el único lugar de este camposanto en ser atacado. Las tumbas del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, de la dirigente comunista Dolores Ibárruri (conocida como La Pasionaria) y los monumentos a los Caídos de la División Azul han sido también dañados con diversas pintadas. Todo parece indicar que estos reprobables actos tuvieron lugar tras la manifestación que el pasado 10 de febrero convocó en torno a la plaza de Colón de Madrid al tripartito de la derecha española y sus acólitos.

Está históricamente comprobado que las Trece Rosas, como se conoce desde aquella aciaga mañana de 1939 a las trece muchachas fusiladas, fueron elegidas al azar de entre las 4.000 reclusas que malvivían hacinadas en la cárcel de Las Ventas. Sólo tres de ellas eran activistas de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Blanca Brisac, por ejemplo, nada tenía que ver con la política activa; era católica y votante de derechas, y su único delito había sido prestar dinero a un amigo comunista.

Todas ellas se encontraban recluidas en Las Ventas cuando se produjo el brutal asesinato de Isaac Gabaldón, comandante de la Guardia Civil, de su hija y del chófer que les acompañaba, por parte de tres militantes de la JSU en la noche del 29 de julio de 1939. Como forma de castigo, el seis de agosto fueron fusilados tanto los autores de la muerte, delatados por medio de las torturas a las que fueron sometidos algunos de sus compañeros, y también muchos de los presos que habían sido detenidos poco antes, ya fueran o no miembros de la JSU, entre ellos las Trece Rosas. En realidad fueron catorce: una de ellas se salvó ese día de la muerte por un error en la transcripción de su nombre (Antonio en lugar de Antonia), siendo finalmente fusilada unos meses después. Debido al caos reinante en los tribunales, algunas de las detenidas acusadas por el intento de la reorganización de las JSU no fueron encausadas y, sin embargo, algunas jóvenes detenidas por otros motivos distintos sí que fueron enjuiciadas, como es el caso de la mayoría de estas catorce, que fueron condenadas a muerte tras un juicio sumarísimo en el Tribunal de las Salesas, junto con cuarenta y tres hombres.

Así rezaba la sentencia: «Reunido el Consejo de Guerra Permanente número 9 para ver y fallar la causa número 30.246, que por el procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra los procesados (…) responsables de un delito de adhesión a la rebelión (…) Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de los acusados (…) a la pena de muerte». 48 horas después, las Trece Rosas fueron conducidas en un camión a 500 metros de la prisión y ejecutadas por un pelotón de fusilamiento, quedando grabado su nombre para la posterioridad como las Trece Rosas Rojas.

Las crónicas cuentan que una de ellas, Ana López Gallego, de 21 años, militante de las JSU, secretaria de Radio Chamartín durante la guerra, encarcelada desde el 6 de junio, sobrevivió a la primera descarga y se enfrentó a los soldados con un desafiante «¿Es que a mí no me matan?». Ese es el espíritu con el que debemos enfrentarnos a las amenazas de la triple alianza de la derecha, que parece decidida a cuestionar y poner en peligro nuestra democracia, nuestras libertades, nuestro Estado de Derecho y nuestro estado del bienestar.

Tenemos trece, o catorce, razones para hacerles frente, para, con la fuerza de los votos, de la Ley y de la palabra, no ceder al desaliento y seguir adelante, siempre adelante.

Una de las Trece Rosas, Julia Conesa, de 19 años, escribió esta frase como cierre de la carta que dirigió a su madre la noche antes de ser fusilada: «que mi nombre no se borre en la historia». Porque se lo debemos, porque su sacrificio nunca será suficientemente reconocido y porque somos plenamente conscientes de nuestra Memoria Histórica, desde Podemos Tres Cantos podemos asegurar que, por muchas pintadas y actos vandálicos que el muro de las Trece Rosas sufra, ni el nombre de Julia Conesa ni los del resto de sus compañeras podrán ser nunca borrados, pase lo que pase y le pese a quien le pese. Sus herederos de espíritu nos encargaremos de ello. Este próximo 5 de agosto se cumplirán 80 años. Nos vemos allí.

Firmado: María Morales