De ser eco a ser grito: El 8 de Marzo

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Siglos de cultura patriarcal, de sometimiento, desequilibrio y desigualdad nos han
mantenido silenciadas a las mujeres y tan solo permitiendo dar un discurso
repetitivo y reiterativo inventado por el androcentrismo, para ensalzar y potenciar las
cualidades masculinas e invisibilizar las necesidades femeninas. Resulta
nauseabundo que cuando las mujeres hemos reclamado igualdad y reivindicado
tener protagonismo en el espacio público algunos sectores, intimidados por ello,
hayan dicho que gritamos, voceamos, escandalizamos, “estamos con la regla” o
somos la “Kale Borroka”, todo un despropósito misógino que revela el temor a
perder a la servidumbre que hemos sido las mujeres.
El patriarcado precisa poder, sumisión, sometimiento, esclavitud y silencio por parte
de quienes creían eran concubinas de su harén, en el mejor de los casos nos han
permitido ser sus ecos, y resulta interesante profundizar en el origen de los
conceptos.
Muchos artistas, entre otros el prerrafaelista inglés John Waterhouse, se inspiraron
en la leyenda de Eco para concebir una de sus obras, en este caso un óleo sobre
lienzo hoy en la Walker Art Gallery ejecutado en 1903. El cuadro se titula “Eco y
Narciso”, leyenda relatada en “Las Metamorfosis de Ovidio”, y ejemplificante de las
diferencias vitales que hemos vivido por razón de género: mientras en un bucólico
bosque Narciso, indiferente ante la presencia de Eco, se enamora de su propia
imagen, ella con un cuerpo absolutamente cosificado, calla, observa y espera.
Como todas las mujeres que aparecen en las pinturas, salvo que sean brujas, locas,
viejas o rameras, Eco es inmensamente bella, dulce, plácida, serena y por supuesto
muestra su seno al voyerista espectador. Narciso broncíneo, musculoso y cubierto
no precisa mostrar ningún atributo para ser bello.
En la mitología Eco era una ninfa que resaltaba entre el resto por sus palabras, su
entonación, su expresión que regalaba a los oídos que la escuchaban, sus frases se
asimilaban a canciones , sus oraciones a poemas, su virtud estaba en el habla.
Zeus, el dios de los dioses, la sentía embelesado, lo que molestaba a su mujer
Hera. Así pues, y celosa castigó a Eco quitándole la voz y obligándole a repetir la
última palabra que repetía la persona con quien mantenía conversación. Los celos
de Hera, provocados por las incesantes infidelidades de su esposo quitaron a Eco
su preciado don, su capacidad de expresarse, de relacionarse y de tener iniciativas
el resto de su vida. La sometieron y apartaron en un recóndito campo.
En absoluta soledad, y paseando por la ladera, Eco vio a Narciso, un pastor hijo de
la ninfa Liríope y del dios rio Céfiso, del que se enamoró como ya habían hecho
muchas mujeres y a las que había rechazado.
Eco le fue siguiendo sin que él se diera cuenta. Cuando se decidió a acercarse las
palabras se negaron a salir de su boca y se ocultó detrás de un árbol seco.
Entretanto Narciso hablaba con las flores del bosque: – Hermosa flor, flor olorosa… –
Rosa, -repitió Eco-. Narciso escuchó la voz de Eco y gritó: – ¿Hay alguien por aquí?
– Aquí, aquí, -respondió la ninfa-. Narciso, al oír a Eco, contestó: – ¿Quién se oculta
cerca de ese árbol seco? Y la bella ninfa salió de entre los árboles con los brazos
abiertos diciendo: – Eco, Eco. Cuando se encontraron, Eco abrazó a Narciso, pero
éste la rechazó y le dijo: – No pensarás que yo te amo… – ¡Yo te amo!, ¡yo te amo!, –

le contesta Eco-. Entonces gritó Narciso: – No puedo amarte. – Puedo amarte, –
repetía con pasión Eco-. Narciso huyó entre los árboles diciendo: – No me sigas,
¡adiós! – Adiós, adiós, -contestó Eco-. La menospreciada Eco se refugió en el
espesor del bosque. Consumida por su terrible pasión, deliró, se enfureció y pensó:
«Ojalá cuando él ame como yo le amo, se desespere como me desespero yo».
Némesis, diosa de la venganza, escuchó su ruego. En un tranquilo valle había una
laguna, de aguas claras, que jamás había sido enturbiada, ni por el cieno, ni por los
hocicos de los ganados. A esa laguna llegó Narciso y, cuando se tumbó en la hierba
para beber, Cupido le clavó, por la espalda, su flecha del amor,… lo primero que vio
Narciso fue su propia imagen, reflejada en las limpias aguas y creyó que aquel
rostro hermosísimo que contemplaba era el de un ser real, ajeno a sí mismo. Se
enamoró de aquellos ojos que relucían como luceros, de aquellas mejillas imberbes,
de aquel cuello esbelto, de aquellos cabellos negros. Se había enamorado de… él
mismo y ya no le importó nada más que su imagen. Permaneció largo tiempo
contemplándose en el estanque y poco a poco fue tomando los frescos colores de
esas manzanas, coloradas por un lado, blanquecinas y doradas por otro,
transformándose lentamente en una flor hermosísima que al borde de las aguas
seguía contemplándose en el espejo del lago. En el mismo instante que Narciso se
transformó en flor, Eco se desmoronó en la hierba, muerta de amor. El cuerpo de
Eco nunca se pudo encontrar pero por montes y valles, en todas las partes del
mundo, aún responde a las últimas sílabas de las voces humanas. Esas últimas
sílabas son las que el patriarcado nos ha impuesto repetir a las mujeres como si
fuéramos un fenómeno acústico de sus propias voces.
Siglos de silencio, de obediencia, de leyendas, mitos y tradiciones que han
condenado a las mujeres a recluirse en un rincón apartado en el ámbito privado
parecen haberse empezado a esclarecer con las oleadas feministas que han
devuelto la voz al género femenino, que a gritos reivindica la igualdad. Curioso
concepto el de grito, puesto que el mismo patriarcado lo asocia a la histeria, la falta
de control, el emocionalismo y sentimentalismo que también nos estigmatiza a las
mujeres, cuando realmente el grito, que etimológicamente, procede del latin
quiritare hace referencia a llamar en auxilio y, precisamente los quirites eran los
ciudadanos, civiles o paisanos romanos que se oponían al ejército y a los soldados
en la antigua Roma.

Quirino, dios de la guerra, les protegía. Así pues y más de 20
siglos después nos encontramos con formas de expresión propias de las clases
oprimidas frente a las dominantes, de la sociedad frente al poder. Y lo hacemos en
el Quirinale, antigua colina de Roma y, metafóricamente, hoy espacio público
dónde demandar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.
El 8 de marzo de 1857, en Nueva York, cientos de mujeres de una fábrica de
textiles se manifestaron por las calles de la ciudad clamando que sus salarios eran
menos de la mitad de lo que percibían los hombres por la misma tarea. La jornada
terminó con 120 mujeres asesinadas en la marcha y a la fundación, por las
supervivientes, del primer sindicato femenino.

En 1975 la ONU oficializo la fecha
del 8 de marzo como Día internacional de la Mujer Desde entonces, y con más
fuerza en los últimos años, para nosotras esa fecha es un referente en la
visibilización de la vulnerabilidad política, económica y social que vivimos, las
desigualdades e injusticias que soportamos en un sistema patriarcal y capitalista en
el que, pese a quien le pese, la mujer avanza acompañada de padres, hijos,

parejas y hombres solidarios, sensibilizados y conscientes de la necesidad de
igualdad que precisamos en esta lucha necesaria y beneficiosa para unas y todos.
En masa, con sororidad, empoderadas y firmes en nuestras convicciones y
creencias el 8 de marzo las mujeres dejaremos de ser ecos y pararemos ese
mundo de cuidados y atenciones a que se nos ha relegado y que además de no ser
remunerado ni reconocido es la base del buen funcionamiento y equilibrio social.


Por Esther Tauroni Bernabeu (Doctora en Políticas de Igualdad, Licenciada en Historia del Arte, Técnica en Igualdad, Activista, Ingobernable, Investigadora y Mujer.